Un niño sabe que quiere construir una torre, ponerse la chaqueta o recorrer un circuito, pero cuando intenta hacerlo parece no encontrar el orden de los movimientos. Observa a los demás, prueba varias veces y termina diciendo: “No puedo”. Desde fuera, esta conducta puede confundirse con torpeza, falta de atención o poco interés. Sin embargo, en algunos casos refleja una dificultad para convertir una idea en una acción organizada.
La planificación motora forma parte de la praxis, un proceso que permite imaginar una acción, organizar los movimientos necesarios, ejecutarlos y corregirlos mediante la información que recibe el cuerpo. No se trata simplemente de tener fuerza suficiente ni de conocer la meta. El niño necesita decidir cómo empezar, qué movimiento realizar después y cómo adaptar el plan si algo cambia.
Estas habilidades se desarrollan mediante la experiencia y dependen también del equilibrio, la coordinación, la percepción corporal, la atención y la comprensión de la tarea. Practicar actividades funcionales con apoyos adecuados puede favorecer la autonomía. Cuando las dificultades son persistentes o afectan varias áreas, una evaluación profesional ayuda a identificar qué componente necesita apoyo.
Puntos clave
- La praxis transforma una idea en una secuencia de movimientos organizados.
- La práctica resulta más útil cuando se relaciona con tareas reales.
- Una dificultad persistente debe valorarse desde diferentes áreas del desarrollo.
¿Qué son la praxis y la planificación motora?

La praxis es la capacidad para concebir, organizar y realizar acciones voluntarias, especialmente cuando son nuevas o poco automatizadas. Interviene al aprender a utilizar una herramienta, imitar una postura, vestirse o adaptar el cuerpo a un juego desconocido.
La planificación motora es uno de sus componentes. Permite seleccionar los movimientos, ordenarlos y calcular aspectos como la dirección, la fuerza y la velocidad.
No es preciso describir una dificultad de praxis como una desconexión entre el cerebro y los músculos. El movimiento surge de la colaboración entre numerosas funciones. Un niño puede saber qué quiere hacer y tener fuerza suficiente, pero encontrar difícil seleccionar, secuenciar o adaptar sus movimientos.
Las actividades conocidas requieren menos planificación consciente. Después de practicar muchas veces cómo utilizar una cuchara, la acción se automatiza. En cambio, una herramienta nueva o una secuencia diferente exige más exploración y resolución de problemas.
Las fases de la praxis
La división en fases ayuda a observar dónde aparece la dificultad, aunque en la vida real estas operaciones se superponen.
Ideación
La ideación consiste en saber qué se puede hacer con el cuerpo o con un objeto. Ante una caja, un niño puede imaginar que sirve para guardar juguetes, construir una casa o crear un vehículo.
Una dificultad de ideación puede manifestarse como poca variedad en el juego o dependencia constante de las ideas del adulto. Sin embargo, esto también puede relacionarse con el lenguaje, la imaginación, los intereses o la falta de experiencia.
Planificación
En esta fase, el niño organiza cómo realizará la acción. Para ponerse un pantalón debe orientarlo, mantener el equilibrio, introducir una pierna, introducir la otra y subir la prenda.
Una dificultad puede hacer que empiece por un paso poco eficaz, repita movimientos sin resultado o necesite observar a otra persona cada vez.
Ejecución y ajuste
La ejecución consiste en realizar la secuencia. Durante el movimiento, el niño utiliza información visual y corporal para corregirla. Si el pie no entra en el pantalón, debe modificar la posición.
Una ejecución poco precisa no demuestra por sí sola una dificultad de planificación. También puede deberse a problemas de fuerza, equilibrio, coordinación, visión, atención o comprensión.
Procesamiento sensorial y percepción corporal
Para planificar un movimiento, el sistema nervioso utiliza información procedente del cuerpo y del entorno. La visión muestra la posición de los objetos. El tacto informa sobre su textura y contacto. La propiocepción aporta información relacionada con la posición y el movimiento de músculos y articulaciones. El sistema vestibular participa en el equilibrio y la percepción del movimiento de la cabeza.
Jean Ayres desarrolló un marco influyente sobre integración sensorial y praxis. Este enfoque ha contribuido a estudiar cómo las experiencias sensoriales pueden relacionarse con la participación infantil. No obstante, las dificultades de planificación motora no deben explicarse automáticamente como un problema sensorial.
La evidencia sobre distintas intervenciones sensoriales es variable. Cuando se utilizan, deben vincularse a objetivos funcionales, aplicarse por profesionales formados y revisarse según resultados observables.
Un niño que choca con los muebles puede tener dificultades para percibir su cuerpo, pero también podría distraerse, moverse con rapidez o presentar un problema visual. La observación aislada no permite identificar la causa.
Señales de dificultad en la planificación motora
Todos los niños necesitan tiempo para aprender movimientos nuevos. La preocupación aumenta cuando la dificultad es frecuente, persiste después de recibir oportunidades de práctica y limita la participación.
Necesidad constante de observar a otros
El niño puede esperar a que un compañero empiece antes de participar. Durante una actividad nueva, copia cada movimiento porque no consigue organizar la secuencia por sí mismo.
La imitación es una estrategia útil y normal. Se convierte en una señal relevante cuando es necesaria incluso en tareas practicadas repetidamente.
Problemas para aprender juegos motores
Puede costarle comprender cómo colocar el cuerpo para saltar, lanzar, montar en bicicleta o atravesar una estructura del parque. Es posible que conozca verbalmente la instrucción, pero no consiga transformarla en movimiento.
Secuencias desorganizadas
El niño realiza los pasos en un orden poco eficaz, omite partes importantes o empieza de nuevo varias veces. Esto puede observarse al vestirse, preparar la mochila, lavarse los dientes o realizar una manualidad.
Antes de atribuirlo a la praxis, conviene comprobar si recuerda la secuencia y comprende las instrucciones.
Dificultad con herramientas
Utilizar tijeras, cubiertos, regla, pegamento o lápiz exige conocer cómo se sostiene el objeto y cómo se adapta el movimiento a la tarea.
Una herramienta demasiado grande, una postura inestable o la falta de práctica pueden dificultar el resultado. Por ello, se deben probar ajustes antes de sacar conclusiones.
Lentitud y esfuerzo excesivo
El niño puede completar la actividad, pero necesitar mucho más tiempo que sus compañeros. También puede terminar agotado o evitar tareas que requieren planificación constante.
La lentitud no siempre es negativa. Puede ser una estrategia para mantener el control. El problema aparece cuando interfiere en su aprendizaje, autonomía o bienestar.
Dificultad para generalizar una habilidad
Aprende a atarse los cordones con un zapato específico, pero no consigue hacerlo con otro. Puede ejecutar un circuito conocido y bloquearse cuando se modifica la posición de un obstáculo.
Esto sugiere que la habilidad todavía depende de condiciones muy concretas y necesita práctica en contextos variados.
Repercusiones emocionales y sociales

Los niños con dificultades motoras pueden escuchar comentarios como “eres torpe”, “no te esfuerzas” o “los demás ya saben hacerlo”. Con el tiempo, pueden evitar juegos físicos, manualidades o actividades grupales para protegerse del error y la comparación.
La evitación reduce las oportunidades de practicar, lo que puede ampliar la diferencia con sus compañeros. También puede afectar la autoestima y la sensación de competencia.
Es importante separar el valor personal del rendimiento motor. El mensaje debe ser que algunas tareas necesitan una estrategia diferente, más tiempo o adaptaciones, no que el niño es incapaz.
Las actividades competitivas no siempre constituyen el mejor punto de partida. Los retos individuales y cooperativos permiten practicar sin la presión de la velocidad.
Dispraxia y trastorno del desarrollo de la coordinación
La palabra dispraxia se utiliza de diferentes maneras para describir dificultades de planificación y coordinación. En contextos clínicos, el trastorno del desarrollo de la coordinación es un diagnóstico reconocido que presenta criterios específicos.
Este trastorno implica que la adquisición y ejecución de habilidades motoras se encuentran por debajo de lo esperado para la edad y las oportunidades de aprendizaje. Además, las dificultades interfieren significativamente en la vida cotidiana, el trabajo escolar, el juego o la participación.
No se diagnostica porque un niño tropiece, escriba despacio o no sepa montar en bicicleta. Es necesario evaluar el desarrollo, el funcionamiento cotidiano y las habilidades motoras, además de descartar explicaciones médicas, neurológicas o visuales.
El trastorno puede coexistir con TDAH, autismo, dificultades de aprendizaje, ansiedad y otras condiciones. Por eso, la evaluación debe considerar al niño de forma global.
Cómo se realiza la evaluación
La valoración suele comenzar con la historia del desarrollo y ejemplos concretos de la vida diaria. La familia y el colegio pueden describir qué tareas resultan difíciles, cuándo comenzaron los problemas y qué apoyos funcionan.
Un terapeuta ocupacional puede analizar el vestido, la escritura, el uso de herramientas y otras actividades significativas. Un fisioterapeuta puede valorar postura, equilibrio y motricidad gruesa. El pediatra examina posibles causas médicas y determina si son necesarias otras derivaciones.
Las pruebas estandarizadas pueden comparar determinadas habilidades con las esperadas para la edad. No obstante, los resultados deben interpretarse junto con la observación funcional. El objetivo no es encontrar una etiqueta a partir de un único ejercicio, sino comprender cómo mejorar la participación.
Principios para practicar la planificación motora
Partir de una meta concreta
En lugar de proponerse “mejorar la praxis”, es preferible elegir una actividad funcional: ponerse la chaqueta, utilizar tijeras o lanzar una pelota.
Una meta clara permite observar el progreso y seleccionar los apoyos necesarios.
Dividir sin eliminar la resolución de problemas
La tarea puede separarse en pasos, pero el niño debe participar en la búsqueda de soluciones. Si el adulto mueve continuamente su cuerpo, tendrá menos oportunidades de aprender a planificar.
Se puede preguntar: “¿Qué necesitas primero?”, “¿Qué parte no funcionó?” o “¿Qué podrías cambiar?”. Estas preguntas favorecen la conciencia sobre la estrategia.
Ajustar el desafío
La actividad debe exigir esfuerzo sin resultar inalcanzable. Si es demasiado difícil, pueden reducirse los pasos, utilizar materiales más grandes o añadir un modelo visual.
Cuando el niño domina una versión, se modifica un solo elemento. Cambiar simultáneamente el tamaño, la velocidad y la secuencia puede generar sobrecarga.
Repetir con pequeñas variaciones
La repetición favorece la automatización. Las variaciones ayudan a utilizar la habilidad en situaciones nuevas.
Después de practicar lanzamientos con una pelota grande, se puede cambiar la distancia o utilizar otra pelota. La modificación debe ser gradual.
Actividades de motricidad gruesa
Circuitos de obstáculos
Un circuito puede incluir pasar por debajo de una silla, caminar sobre una línea y lanzar una pelota a una caja. Al principio se presentan pocos pasos.
El niño puede observar una demostración, decir el orden y realizar el recorrido. Después puede diseñar su propio circuito, lo que añade ideación y planificación.
Los obstáculos deben ser estables y adecuados al espacio. No se deben utilizar muebles que puedan volcar ni superficies resbaladizas.
Juegos de imitación
Las canciones con gestos, los movimientos de animales y las secuencias de posturas permiten practicar la observación y la reproducción.
Se comienza con un solo movimiento y se añaden otros. También puede alternarse el papel de líder para que el niño invente acciones.
Juegos con pelota
Lanzar, atrapar, rodar y golpear requieren anticipación y ajuste. Los globos y las pelotas grandes ofrecen más tiempo para organizar la respuesta.
La distancia, la velocidad y el tamaño se adaptan al nivel del niño. La precisión se trabaja después de conseguir un patrón cómodo.
Construcciones corporales
El adulto propone formar una figura con el cuerpo, pasar de estar sentado a arrodillarse o colocar brazos y piernas según una tarjeta visual.
Estas actividades practican la organización corporal sin necesidad de equipamiento especial.
Actividades de motricidad fina
Construcciones a partir de un modelo
El niño reproduce una estructura de bloques observando una imagen. Primero se utilizan pocos elementos y se comenta qué pieza debe colocarse antes.
Después puede construir algo propio y explicar cómo lo hizo. Así se combinan la planificación y el lenguaje.
Rompecabezas
Los rompecabezas exigen orientar piezas, anticipar posiciones y ajustar el movimiento. La cantidad de piezas debe permitir que el niño complete una parte con autonomía.
En lugar de colocar la pieza por él, podemos señalar una característica o sugerir que la gire.
Plastilina y manualidades
Seguir una secuencia para crear una figura permite practicar varios pasos: formar una bola, estirarla, unir las partes y añadir detalles.
Las instrucciones visuales pueden reducir la carga de memoria. La creación libre favorece la ideación.
Ensartado y uso de pinzas
Ensartar cuentas, trasladar objetos con pinzas o colocar clavijas requiere orientación y precisión. Los materiales grandes facilitan el inicio.
Las piezas pequeñas necesitan supervisión y no son apropiadas cuando existe riesgo de ingestión.
Rutinas cotidianas como práctica funcional

Preparar un alimento sencillo
El niño puede preparar un bocadillo siguiendo una secuencia visual: reunir ingredientes, abrir el pan, extender el relleno, cerrar y guardar.
La cocina ofrece un objetivo real y una consecuencia visible. Los utensilios deben adaptarse a su edad y utilizarse bajo supervisión.
Vestirse
La ropa puede colocarse en el orden de uso. Si una prenda presenta demasiada dificultad, se puede practicar cuando no existe prisa.
Los cierres grandes, los cordones de dos colores o una prenda colocada sobre la mesa ayudan a comprender el movimiento antes de realizarlo sobre el cuerpo.
Higiene personal
Una secuencia con imágenes puede mostrar los pasos para lavarse los dientes o ducharse. El apoyo visual recuerda el orden, mientras que la práctica desarrolla la ejecución.
El objetivo es retirar gradualmente las indicaciones, no mantener una dependencia permanente.
Instrucciones y retroalimentación
Las instrucciones deben ser breves y describir la acción. En lugar de “hazlo bien”, podemos decir: “Sujeta la manga y busca el agujero con la otra mano”.
La demostración visual puede acompañar a las palabras. Después debe concederse tiempo para procesar y probar.
La retroalimentación más útil identifica qué estrategia funcionó: “Giraste el papel para seguir la curva”. Esto ayuda al niño a repetir el procedimiento en el futuro.
Corregir cada detalle durante el movimiento puede interrumpir la planificación. Es preferible seleccionar una indicación importante y revisar el resultado al terminar.
Precauciones con los recursos sensoriales
Los sacos con peso, chalecos lastrados, giros intensos y determinados equipos vestibulares no deben recomendarse como herramientas generales para mejorar la praxis.
La respuesta a estos estímulos varía y la evidencia no respalda todas las aplicaciones. El peso puede dificultar el movimiento y una rotación excesiva puede provocar mareo, náuseas o desregulación.
Si un profesional propone una estrategia sensorial, debe explicar su objetivo, duración, supervisión y forma de evaluar si produce un beneficio funcional. El juego activo cotidiano suele ofrecer alternativas más sencillas y seguras.
Cuándo solicitar ayuda profesional
Conviene consultar cuando las dificultades persisten, afectan varias actividades y limitan la autonomía, el aprendizaje, el juego o la participación social.
También requieren valoración la pérdida de habilidades, la debilidad, el dolor, una asimetría marcada, las caídas frecuentes, los movimientos involuntarios o un cambio repentino en la coordinación.
Una intervención temprana no busca perfeccionar todos los movimientos. Busca adaptar las tareas, enseñar estrategias y evitar que la frustración reduzca la participación del niño.
Conclusión
La planificación motora permite transformar una intención en una acción organizada. Cuando este proceso resulta difícil, el niño puede saber exactamente qué desea hacer y, aun así, necesitar más tiempo, demostraciones o apoyos.
Las actividades más útiles parten de objetivos reales, ajustan la dificultad y permiten resolver problemas. Los circuitos, las construcciones, los juegos de imitación y las rutinas cotidianas ofrecen oportunidades para practicar sin convertir cada movimiento en una evaluación.
El progreso se construye mediante experiencias alcanzables y significativas. Si las dificultades interfieren de forma persistente en la vida diaria, una evaluación coordinada permite comprender sus causas y diseñar un apoyo centrado en la autonomía, la participación y la confianza.
Preguntas frecuentes (FAQ)
¿La planificación motora es lo mismo que la coordinación?
No exactamente. La planificación motora organiza cómo se realizará una acción, mientras que la coordinación se relaciona con la ejecución organizada de los movimientos. Ambas habilidades colaboran y pueden resultar difíciles por motivos diferentes.
¿Un niño con buena fuerza puede tener dificultades de praxis?
Sí. La fuerza es solo uno de los elementos necesarios. El niño puede tener fuerza suficiente, pero encontrar difícil idear, secuenciar o adaptar una acción nueva. La evaluación debe observar cada componente.
¿La dispraxia es un diagnóstico?
El término se utiliza de distintas maneras y puede describir dificultades de praxis. El trastorno del desarrollo de la coordinación es un diagnóstico clínico con criterios definidos. Un profesional debe valorar el funcionamiento motor y descartar otras causas.
¿Los circuitos de obstáculos mejoran todas las habilidades motoras?
No automáticamente. Pueden ofrecer práctica de secuenciación, equilibrio y adaptación corporal, pero la transferencia no está garantizada. Para mejorar una tarea concreta, también es necesario practicar esa actividad de forma graduada.
¿Debo corregir al niño cada vez que se equivoca?
No. Una corrección constante puede interrumpir el aprendizaje y aumentar la frustración. Es mejor ofrecer una indicación breve, permitir que pruebe y revisar después qué estrategia funcionó o qué podría cambiar.
¿Cuándo debería acudir a terapia ocupacional?
Conviene solicitar valoración cuando las dificultades afectan de forma persistente el vestido, la escritura, el uso de herramientas, el juego o la participación escolar. El pediatra puede ayudar a coordinar la evaluación y descartar otras explicaciones.
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